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Hasta el último aliento

“No quiero más nada:
Música y escalada.”
-Chesk

Por: Armando Aragon Arias “El Mago”

Estábamos muy cansados.

Me dolía todo, todo. Pero sonreía porque el dolor me hacía sentir vivo, satisfecho, sabiendo que había hecho más allá de lo concebible, escalando al filo del ensueño y del misterio.

Escapamos como prófugos después de la pandemia, como si tuviéramos cohetes en los pantalones.

Escalar es la vida, nos decíamos, es lo único bueno que hemos hecho, porque antes hacíamos cosas que pensábamos que eran buenas pero, viéndolo bien, no lo eran, en cambio ahora sabemos que esto es lo que tenemos que hacer hasta el último aliento, poseídos de este deseo, de esta felicidad eterna que dura breves instantes, y que nos hace lamer las piedras por el mundo.

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Caminamos por las calles como dueños del universo. Los pantalones rotos y la maleta sucia. Despeinados, los ojos chispeantes, compramos agua y café en los supermercados y las tiendas, y cuando vemos enormes paredones con formas de una naturaleza brutal, se nos hace agua la boca y gastamos fortunas en arriesgar la vida trepándonos por ellas.

Vámonos para Mallorca a echar psicobloc. Listo, vámonos. Nos bañamos en el mar. Hicimos psicobloc en Cala Varques y en Es Pontas, y todos lo hicimos fácil.

Luego estuvimos una semana en Sardinia, y otra semana en Malta.

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En Turquía se nos acabaron los zapatos y nos quedamos sin piel en las manos. Cuando el dedo gordo salía del zapato y las falanges de los dedos, descansamos unos días y fuimos a Petra, pero Carlos no quería, alegando que él no era un turista si no un escalador, y que si por él fuera se quedaba leyendo. Vayan a sus putos centros comerciales, a comer helados por los tontódromos, yo prefiero dormir.

En Frankenjura le sacamos los pasos a Action Directe, Julián fue al que mejor le fue. Visitamos la tumba de Güllich, y tomamos muchas fotos.

En Fountainbleu la pasamos tan bien que el tiempo se pasó volando y no pudimos ir a Verdon. Pero la arenisca ya nos tenía las manos como de momias, llenas de esparadrapo.

Decidimos ir a Arco, donde nos encontramos con Felipe quien se vino desde Suiza, y una noche, borrachos con un sabroso vino italiano, decidimos recorrer América.

Volamos para Squamish, nos encontramos con nuestros amigos canadienses, quienes escalan muchísimo, y nos convencieron de ir a Lion’s Head. Fue una buena decisión, clima agradable y los paisajes cerca al lago eran bellos: el agua azul azul, y los bosques, contemplados desde lo alto de las estaciones, eran exquisitos. Tracy me regaló una pipa hermosa, y me apené un poco porque apenas le di una camiseta de un gimnasio donde escalo en Madrid. Lo más importante fue que la pasamos muy bien, escalando fuerte, riendo, cocinando y hablando de política en tres idiomas.

Escalamos por toda Norteamérica, excepto en Yosemite, desde los Gunks hasta Boulder Canyon, unos techos fantásticos en Red Rock, Hueco Tanks, Joey’s Valley, Red River, y en Indian Creek unas rutas clásicas nos dejaron con las espaldas laceradas de forcejear en los off-widths, y lo más increíble es que los escaladores norteamericanos eran muy agradables. Juancho se enamoró de una vietnamita que vivía en Noruega, tenía los labios partidos y las piernas llenas de cicatrices, pero sonreía de la manera más increíble y sus ojos fulguraban con inteligencia.

Vendimos la camioneta y nos fuimos para Monterrey, y probamos las rutas más difíciles de EL Salto y Potrero Chico; Sendero Luminoso no es tan difícil, pero se piensa en Alex Honnold en free solo. Duro, muy duro.

Viñales, en Cuba, es el puto paraíso de la escalada. Cada día íbamos a una zona diferente, y encadené al flash Wasp Factory en La Cueva De La Vaca. Tomamos muchos Mojitos donde don Raúl Reyes, pero la persona más querida fue doña Clara quien nos obsequió cigarros, café tostado y ron guayabita, una delicia.

Luego que llegamos a Colombia y escalamos en La Mojarra, nos pasaron tantas cosas que decíamos que era como para escribir una novela. En Bogotá me escupieron en el hombro y se formó un alboroto, y cuando me di cuenta me habían robado el celular; sin embargo, la gente es maravillosa, nos invitaron por todas partes del país, y algunos se fueron con nosotros hasta Perú.

En Hatunmachay escalamos como locos por todos lados, y también en Pitumarca. Fueron unos días serenos, de escalada pura y nada más. Terminábamos tan cansados que caíamos como muertos a las 7 de la noche. Pero despertábamos felices y animados en esos bosques de piedra. Trepamos la montaña más hermosa del mundo, El Alpamayo. Días antes había muerto en un accidente Liliana, nuestra amiga slovena, una avalancha cortó la cuerda.

Esa noticia me golpeó profundamente. Tal vez la soledad y el silencio de los Andes me susurraron que era hora

de volver a casa. Todavía quedan muchos lugares para ir: Rocklands o Grampians. El año entrante me encantaría ir a Tasmania o pasar una larga temporada en Chile o en Tonsai. Como escalador sé que encontraré la manera. A veces es sencillo, otras veces es complejo y duro, escalo y destrepo en la vida, a veces soy esclavo, pero cuando soy libre vivo con grandeza y valentía, avanzo a pesar del miedo y las dudas, y tomo decisiones aunque a veces salen mal, pero siempre tengo ganas de volver a empezar, siempre.

 

 

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